A algunas personas les ocurre que, aunque no están deprimidas, van camino de estarlo o se vienen manteniendo en un estado de ánimo bajo durante semanas o incluso meses sin saber muy bien porqué están así ni cómo mejorar.

Cuando esto ocurre la persona se descubre pensando ¿Por qué estoy así?, No me reconozco, No soy yo, Otro día igual o pensamientos similares que reflejan preocupación por un proceso emocional que no saben explicar y del que no saben salir.

Este tipo de pensamientos generan emociones como frustración, ansiedad, tristeza o apatía. Es frecuente querer evitar el trabajo, las reuniones familiares o cualquier actividad social, además de ir disminuyendo la cantidad de actividades de ocio. Esta sensación de no me apetece acrecenta el problema, ya que cada vez tenemos menor presencia de eventos positivos, con lo que el desequilibrio en nuestro estado de ánimo se mantendrá o incrementará. Dicho de otro modo, nuestro malestar emocional permanece.

La importancia de una vida con inquietudes

La curiosidad, la ilusión por hacer algo, el placer de planear y llevar a cabo una actividad son actitudes fundamentales para mantener un estado de ánimo positivo. Si ponemos en una balanza lo malo que nos ocurre y lo bueno, queremos que pese más lo último. Los problemas son inherentes a la vida, van y vienen. Resulta muy saludable asimilar que forman parte de nuestro día a día y que solucionarlos no tiene porqué ser necesariamente negativo, pues se trata de un aprendizaje más, nos vuelve más sabios, autónomos, mejora el concepto de nosotros mismos y aumenta nuestra autoestima. No obstante, muchas veces los vivimos como algo estresante, así que lo bueno ayuda a contrarrestar el efecto negativo que puedan tener en nuestro estado de ánimo.

Cada vez que vas a Aikido, a hacer senderismo, a tomar algo, a casa de unos amigos, a jugar a un videojuego, a ver una peli…no solo consigues el efecto placentero a corto plazo, sino que, a largo plazo, estás añadiendo positivo a la balanza.

Este efecto beneficioso para nuestra salud emocional no solo se consigue con actividades de ocio, sino también redescubriendo pequeños actos cotidianos como recibir un beso, una palabra amable, comer con los cinco sentidos, haber realizado bien tu trabajo…y devolverles el valor que tienen, puesto que tendemos a normalizarlo y pierden parte de su valor positivo.

¿Qué puedo hacer?

Haz una lista de actividades que te gustan. No lo pienses mucho, simplemente anota: 1) actividades que dejaste de hacer hace tiempo, 2) actividades que haces ahora (aunque las hagas con menor frecuencia o no las disfrutes tanto como antes), 3) actividades que no has probado pero te gustaría hacer.

Una vez apuntado, lee las que haces actualmente e incrementa la frecuencia o la duranción. Por ejemplo, leo pero solo dos días en toda la semana: añade un tercer día  o bien añade 10 minutos a cada sesión de lectura.

Respecto a las actividades que ya no haces,  ¿cuáles podrías recuperar? Si te gustaban, ¿por qué dejaste de hacerlas? Reincorpora aquella actividad que más te gustaba y menos te costaría volver a hacer.

En cuanto a las actividades que te gustaría hacer investiga dónde puedes practicarlo o aprenderlo, si cuesta dinero, los horarios…para decidir nuevamente cuál vas a probar siguiendo el criterio de menor coste mayor disfrute.

Ve poco a poco llenando tus días con más y más positivo, esto será lo que aumentará tu estado de ánimo. Al reincorporar una actividad te costará mucho esfuerzo y puede que la disfrutes menos que antes las primeras veces, pero este efecto se irá invirtiendo a medida que la repitas: cada vez te costará menos y lo pasarás mejor.