Es normal que surjan diferencias entre los miembros de la familia. Cada uno tenemos nuestro punto de vista, nuestra forma de reaccionar y de enfrentarnos a los problemas. Por eso, de vez en cuando acabamos discutiendo. Pero el conflicto no tiene porqué verse como algo negativo, sino como una oportunidad para conocernos mejor, para enseñar a nuestros hijos a superar los problemas de una forma sana y constructiva.

Cuando el conflicto se ve como algo negativo

Si existe un desacuerdo en la familia y reaccionamos como si fuera algo horrible aparecerán sentimientos como la rabia, la frustración, la tristeza o cualquier otra emoción negativa. Esto nos lleva a sentirnos mal con nosotros mismos y con nuestra situación familiar. Además, será más probable que actuemos de forma agresiva, impulsiva, sin tener en cuenta los sentimientos de los demás y sin pensar cómo queremos resolver el problema. O bien, reaccionaremos callando, haciendo como que no pasa nada para evitar discutir, con lo que tampoco damos solución a lo que ocurre.

¿Qué tiene de positivo un conflicto?

Los desacuerdos son algo inevitable, ya que no todos pensamos de igual manera. ¿Por qué no los aprovechamos, entonces? Para saber qué piensan mis hijos, mi pareja. Para trabajar en equipo. Para crecer en un entorno democrático y justo. Para encontrar una solución entre todos. Para mejorar la comunicación. Para tener sentimientos positivos en lugar de negativos: sensación de triunfo, aumento de la autoestima y de la confianza en uno mismo, alegría, paz.

Resolvamos el conflicto de forma constructiva

Como primer paso, tenemos que aclarar qué está ocurriendo. Es decir, en qué consiste el problema. Por ejemplo, no hace una tarea, llega tarde, dice palabrotas, quiere apuntarse a una actividad, quiere pedirnos el coche…
Para ayudarnos en esta tarea es útil que nos preguntemos qué ha dado pie al conflicto, quién está involucrado, qué sentimientos despierta en cada persona involucrada, cuándo aparece el problema y qué consecuencias tendría que resolviéramos o no el conflicto.

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A continuación, buscaremos soluciones a este desacuerdo. Cada persona propone las soluciones que se le ocurran. De esta forma, conocemos los puntos de vista de cada uno y los sentimientos que tienen al respecto. Así estamos trabajando en equipo de una forma constructiva, el conflicto ya no es algo negativo. Escogemos la opción más adecuada y la discutimos con el resto para ver si están de acuerdo.

¿Cómo sabemos que es la opción más adecuada? La opción elegida tiene que solucionar el conflicto, no minimizarlo o aplazarlo. Además, tiene que ser respetuosa con los derechos de todos los implicados y darnos a todos la sensación de que hemos ganado algo.

Una vez hemos debatido las opciones y hemos elegido la que nos satisface a todos, estableceremos un plazo de tiempo para comprobar si la solución ha dado resultado. Pasado este tiempo, evaluaremos si se ha resuelto el problema o si, por el contrario, persiste.

Si el problema se ha resuelto podemos estar orgullosos del trabajo realizado. Si el problema sigue ahí, solo es cuestión de tiempo y algo más de esfuerzo, porque tendremos que volver al segundo paso: buscar soluciones. Volveremos a reunirnos y exploraremos las otras opciones para elegir la más adecuada y ponerla en práctica. Por último, volveremos a evaluar si ha funcionado.

No sólo con la familia

Como todos sabemos, los conflictos no solo surgen en la familia, también en el trabajo o con los amigos. La forma de resolverlos que acabamos de ver es aplicable a cualquier conflicto. El objetivo es buscar una solución consensuada a una situación que, de otra forma, generaría malestar.