En las últimas décadas ha aumentado el número de personas que asumen el papel de cuidadores debido a una serie de factores, como el aumento de la esperanza de vida, los avances de la medicina y determinados cambios sociales (nuevos modelos familiares, incorporación de la mujer al mercado laboral…). Nos encontramos en una sociedad en la que cada vez hay personas más ancianas y con más enfermedades incapacitantes, pero menos cuidadores disponibles. Esto provoca que el cuidado de la persona mayor dependiente recaiga habitualmente sobre una sola persona, aunque otros familiares colaboren realizando algunas tareas. Además, suele ser de género femenino, ya que el rol de cuidador todavía se le atribuye a la mujer. Frecuentemente, se trata de la hija de la persona dependiente, o bien de la esposa o, en menor medida, la nuera. Por otra parte, cuidador y persona cuidada suelen convivir en el mismo domicilio, siendo más frecuente que se trate de la casa del cuidador.

Por lo tanto, en la mayoría de casos, hablamos de una cuidadora que dedica gran parte de su tiempo al cuidado de la persona dependiente y, por ello, conoce sus necesidades y la manera de satisfacerlas. Este cuidado lo lleva a cabo durante un tiempo prolongado y su vida se organiza en torno a la persona dependiente. La ayuda que se les presta va en función del nivel de dependencia, pudiendo tratarse de tareas concretas como ciertas tareas del hogar o gestiones fuera de casa, hasta los cuidados personales más básicos.

Las consecuencias que el cuidado tiene para el cuidador

La persona que ofrece los cuidados ve afectadas todas las áreas de su vida, especialmente, aquellas que cuidan de personas con demencia (Alzheimer…).

El área que se ve alterada con mayor frecuencia es el tiempo libre. Se reduce drásticamente el tiempo disponible para actividades agradables y, aunque algunas de ellas no conlleven mucho tiempo, se suelen abandonar progresivamente. Por ejemplo, ya no leen revistas, no ven ese concurso de la tele ni toman café con ese amigo. Además, este “dejar de hacer” afecta a las relaciones sociales, que se deterioran bien porque el cuidador pierde interés en determinadas personas por considerar que no comprenden su situación, o bien porque los amigos desisten en sus intentos por ver o hablar con el cuidador. En algunas ocasiones, dejar de lado las relaciones sociales es la consecuencia de una dependencia hacia la persona a la que cuidan, aislándose de su red social.

La vida familiar también sufre cambios. Aparecen conflictos con el resto de familiares por la forma en que cada uno entiende la enfermedad, lo que considera cuidados adecuados y la forma en que se trata a la persona dependiente. Como se ha dicho anteriormente, el cuidador principal suele convivir con el familiar enfermo en su propia casa, lo que conlleva cambios en la distribución de la vivienda, en las tareas del hogar, y en las atenciones y cuidados al resto de la familia. De hecho, los hijos y la pareja del cuidador sienten con frecuencia que se descuidan las relaciones con ellos, lo que conlleva, a su vez, estrés añadido para el cuidador.

Observamos también un deterioro en la salud física de las personas que cuidan. Se encuentran peor, es decir, con más dolor y malestar que las personas que no cuidan.Tienen mayor riesgo de hipertensión, mayor cantidad de problemas de la piel, alergias, cefaleas, lumbalgias y trastornos gástricos e intestinales. Cabe destacar que no suelen acudir al médico para solucionar estos problemas de salud. En otras palabras, no se cuidan lo suficiente.

La situación en la que se encuentra el cuidador afecta notablemente a su salud psicológica. Encontramos altos niveles de ansiedad relacionados con la sensación de estrés, de “no poder más”, relacionados también con el miedo a ciertos comportamientos como que pueda caerse o pegue y, por último, relacionados con la evolución de la enfermedad. Por otra parte, muchos cuidadores muestran síntomas depresivos como tristeza intensa, abatimiento, sensación de vacío, incapacidad para disfrutar, falta de concentración, alteraciones en el sueño y apetito e incluso ideación suicida. Solamente la mitad de los cuidadores que son conscientes de tener un problema emocional buscan ayuda profesional. Sin embargo, muchos de ellos toman psicofármacos, sobre todo ansiolíticos.

¿Cómo ayudar a un cuidador?

Aquellos que ya se han planteado buscar ayuda profesional, adelante. Por nuestra experiencia, sabemos que, en muchas ocasiones, es alguno de los familiares quien decide ponerse en contacto con el profesional. La evaluación inicial nos indicará qué elementos vamos a mejorar, lo que puede incluir un programa de actividades agradables, el trabajo con pensamientos negativos, entrenamiento en comunicación y habilidades sociales, así como en resolución de problemas y la mejora del autoconcepto y autoestima.