Cuando hablamos de trastorno bipolar hablamos de una enfermedad mental en la que aparecen episodios depresivos y episodios maníacos, hipomaníacos o mixtos. La persona afectada pasa por periodos de profunda tristeza y otros de euforia extrema, pasando o no por otros momentos en los que su estado de ánimo está bajo control. Las formas en que estos periodos se pueden combinar son muy variadas.

¿En qué consisten estos episodios?

La persona en pleno episodio depresivo experimenta una intensa tristeza, acompañada de pensamientos negativos (“Soy inferior”, “No valgo para nada”, “No hay salida”…) y de inactividad, pues la persona tiende a realizar cada vez menos actividades (“No me apetece”, “Cuando tenga ganas lo haré”, “¿Para qué?”…). También suelen aparecer alteraciones en el sueño, el apetito y el deseo sexual, así como cansancio e incluso ideas de suicidio.

Por el contratio, los episodios maníacos se caracterizan por la euforia, los pensamientos exageradamente positivos (“Soy el mejor”, “Puedo acostarme con quien quiera”, “Soy capaz de todo”, “Nada me puede salir mal”, “Voy a apuntarme a…y sacarme…y escribir…”) y un estilo de vida muy activo, ya que la persona se embarca en muchas actividades o las realiza en exceso (por ejemplo, gastar mucho dinero o salir mucho).

En algunas personas los episodios depresivos se combinan con los maníacos y, en otras, con los hipomaníacos o mixtos. Los síntomas que observamos en los episodios hipomaníacos son similares a los de la fase maníaca, pero más sutiles y duran solamente unos días; mientras que en los episodios mixtos aparecen síntomas propios de depresión y manía que se alternan en cuestión de horas.

En función del patrón, de la duración y de la intensidad con que aparecen estos síntomas, hablaremos del trastorno bipolar tipo I, tipo II o ciclotímico.

Tratamiento del trastorno bipolar

Hemos de tener en cuenta que se trata de un trastorno crónico, con el que la persona va a convivir toda la vida. El tratamiento farmacológico es indispensable, pues sin él la terapia psicológica no va a tener los efectos deseados. De hecho, el trabajo psicológico no tiene cabida durante los periodos sintomáticos, es decir, la persona tiene que estar estable para poder iniciar la terapia. Una vez nuestro psiquiatra de confianza haya dado con el tratamiento adecuado para nosotros, la terapia cognitivo-conductual nos ayudará a manejar aquellos aspectos que la medicación no mejora. 

Cambio de estado de ánimoEntonces, ¿qué puede aportar la terapia psicológica? Uno de los objetivos es que la persona y su entorno comprendan en qué consiste el trastorno, despejar todas sus dudas al respecto y trasmitirle el mensaje de que una vida normal es posible siguiendo las pautas del psiquiatra y el psicólogo. Es más, queremos que conozca tan bien lo que le ocurre que sea capaz de identificar las señales de que un nuevo episodio está a punto de comenzar, para, así, poder aplicar estrategias psicológicas para manejarlos. También forma parte de la labor del psicólogo ayudarle a seguir el tratamiento farmacológico que, como se ha dicho anteriormente, es imprescindible, pero que muchas veces dejan de seguir porque no lo ven necesario, por los efectos secundarios, por presiones de su entorno (que les “aconsejan” dejar de tomar la medicación), porque no se “fían” de su psiquiatra…

En conclusión, la terapia psicológica es un complemento útil al tratamiento farmacológico del trastorno bipolar, que ayudará a la persona a comprender qué le ocurre, a anticiparse a los episodios y poner en marcha las estrategias aprendidas para minimizar los daños.