La ansiedad es un mecanismo de supervivencia para hacer frente a los peligros. Nos ha permitido sobrevivir como especie, por eso es tan importante y sigue con nosotros.

Ante un peligro, este sistema nos permite hacer dos cosas: luchar o huir. Por ejemplo, una tribu africana se encuentra cazando y aparece un animal sumamente peligroso al que no pueden hacer frente, así que deciden huir rápidamente. En otra situación, un padre acude al parque con su hijo, que resbala del columpio, pero no cae, porque su padre reacciona como un rayo y lo caza en el aire. En ambas ocasiones es la ansiedad la que les ha permitido hacer frente a situaciones imprevistas y peligrosas de forma rápida y eficaz, con un resultado satisfactorio. Dicho con otras palabras, la ansiedad nos ayuda, ya que prepara a nuestro organismo para poder pensar y actuar con rapidez.

Pero no solo se pone en marcha en situaciones “negativas”, también cuando planeamos un viaje, comenzamos un trabajo o vamos a una fiesta el sábado. Ante situaciones nuevas, que podrían ser “peligrosas”, también se activa, aunque de forma más moderada.

La ansiedad nos ayuda a cumplir con nuestros objetivos como evitar que nos atropelle un coche, estudiar hasta tarde para un examen, correr para coger el autobús…pero a menudo la escuchamos junto a las palabras “problemas”, “trastorno”, “estrés”… es decir, junto a conceptos negativos. Suele ocurrir que solo nos preocupan las cosas cuando nos molestan, nadie piensa “¡Qué bien! La ansiedad me ha salvado el día”, más bien pensamos “¡Qué engorro de malestar! Que se vayan estas sensaciones”. Es más, está bastante extendida la creencia de que existe una ansiedad “buena” y una “mala” o que solo es ansiedad cuando provoca malestar.

Ya hemos visto que la ansiedad es un único mecanismo destinado a ayudarnos en situaciones peligrosas, hasta aquí todo bien. Pero, ¿y si la situación no es peligrosa pero la ansiedad se enciende y se empeña en seguir ahí? Pues aquí sí que nos provoca malestar y, si ocurre de forma frecuente e intensa, puede derivar en un problema ya que interferirá en nuestra vida diaria. Ansiedad tenemos todos y, de hecho, la necesitamos, pero no a todas horas en momentos en los que no hace falta, interrumpiendo nuestro bienestar.

¿Qué sensaciones provoca la ansiedad?

Como este mecanismo nos prepara para pensar y actuar rápidamente, pone en marcha una serie de cambios en nuestro cuerpo. Esto es genial si hay un peligro, si no lo hay, tenemos un exceso de energía que no va a ningún lado. Nuestro organismo está preparándose para un peligro que no llega, pero las sensaciones corporales siguen apareciendo. Algunas de ellas son taquicardia, sudoración, sequedad de boca, temblores, hormigueos, presión en el pecho, sensación de ahogo, nudo en el estómago, calor en la cara…

¿Cómo funciona la ansiedad?

graficaAnsiedadAl pasarlo tan mal, uno puede pensar que la ansiedad sube y sube hasta el infinito, pero no es así. Poner en marcha la ansiedad supone un gasto de energía y nuestro organismo, que es muy inteligente, no quiere desperdiciar esa energía.

Esto significa que cuando nuestro cerebro cree que hay un peligro enciende la ansiedad, que sube de golpe para que podamos actuar rápido y se mantiene arriba durante un tiempo, para poder luchar o huir. Sin embargo, cuando nuestro cerebro se percata de que no hay un peligro real, desenchufa todo el mecanismo y la ansiedad baja poco a poco hasta niveles normales. Se da cuenta de que está desperdiciando energía y finaliza el proceso. Además, como venimos diciendo, la ansiedad es un mecanismo de supervivencia; si al subir y subir nos diera un ataque o nos muriéramos, ¿qué sentido tendría? Aunque saliéramos corriendo del león, si nos da un patatús a los cincuenta metros, tampoco sobreviviríamos. El objetivo es prepararnos, ponernos a unos niveles elevados de ansiedad y luego bajarlos.