La violencia de género sigue siendo, desgraciadamente, un tema de actualidad y al que se sigue combatiendo. Veamos algunos conceptos básicos.

Consecuencias de la violencia de género

Sufrir violencia en la pareja conlleva la aparición de sentimientos de vergüenza, humillación, preocupación, confusión, miedo, culpa y pérdida de control. También encontramos daño directo debido a la violencia física y daño indirecto a causa de las alteraciones psicológicas que provocan el estrés crónico y el estrés postraumático. Estas alteraciones afectan a procesos como la atención, la toma de decisiones, la memoria, la planificación y la percepción del dolor.

Creencias que favorecen la violencia de género

A medida que crecemos vamos interiorizando esquemas sobre cómo debemos comportarnos. En cuanto al género concretamente, también existen creencias sobre cómo debe actuar un hombre o una mujer. Desde la infancia, esperamos comportamientos diferentes en niños y niñas, les hablamos de forma diferente e incluso les vestimos y les regalamos juguetes diferentes.

Ocurrre de igual modo con la pareja. Las creencias que rigen nuestro comportamiento como pareja pueden hacernos vulnerables a una situación de violencia. Por ejemplo, “Si amo a mi pareja sus deseos y necesidades están por encima de los míos”, “Como me quiere será capaz de cambiar su comportamiento”, “Los hombres son más agresivos, es normal”, “Lo hace porque me quiere”, “Les ocurre a todas las parejas”, “Sabe lo que es mejor para mí”, “Tengo la culpa de lo malo que ocurre en la pareja”, “No estoy a su altura”. En resumen, cualquier creencia que justifica o normaliza la violencia y que provoca desigualdad entre los miembros de la pareja colocando a uno por debajo del otro.

El ciclo de la violencia

La violencia dentro de la pareja se repite y se agrava. En una primera fase, se acumulan tensiones o conflictos cotidianos, que frustran al agresor. Éste culpa a su pareja y comienzan los insultos, sarcasmos y menosprecios. La pareja, por su parte, se culpabiliza por lo que ocurre, ya que el mensaje que recibe de su agresor (“Tú tienes la culpa”) le hace dudar de su percepción de la realidad.

En una segunda fase, aparecen también las agresiones físicas y sexuales. Aquí la pareja queda paralizada, es incapaz de reaccionar debido a la enorme desigualdad entre víctima-agresor.

En la siguiente fase, el agresor pide perdón, llora y asegur que no se repetirá, que cambiará, para evitar la denuncia y/o abandono. Su pareja mantiene la dependencia emocional y la esperanza de que la relación funcione de un modo saludable. Desgraciadamente, esto no ocurre y vuelve a empezar la fase de acumulación de tensiones. De hecho, la mayoría de personas que piden ayuda ya han pasado por este ciclo varias veces.

Combatir el problema

Como hemos visto, las creencias que nos traslada la sociedad acerca de cómo se comportan hombres y mujeres son fundamentales para propiciar o prevenir la violencia en la pareja. Por ello, para crear futuras relaciones de pareja saludables e igualitarias, el trabajo comienza en la infancia: la educación. Las ideas que nos llegan de nuestra familia, amigos, profesores, medios de comunicación, entretenimiento…tienen que ser de igualdad, respeto a los demás y a uno mismo.